miércoles, 13 de noviembre de 2013

COLÓN, APÓSTOL Y CIVILIZADOR. SU MONUMENTO EN EL PASEO DE LA REFORMA COMO SOLUCIÓN A LA PROBLEMÁTICA INSERSIÓN DE LA HERENCIA ESPAÑOLA EN LA MONUMENTAL HISTORIA OFICIAL DEL PORFIRIATO.

Marisol Pardo Cué.

Según se tiene registrado, el primer lugar de nuestro continente en el que se celebró el llamado “descubrimiento de América” fue Estados Unidos. En 1792, tan solo unos años después de haber declarado su independencia, en algunas de las ciudades más importantes de la Unión Americana se realizaron suntuosas conmemoraciones del tercer centenario de aquella hazaña. Incluso, varias ciudades e instituciones recibieron el nombre de Columbia y en Nueva York se erigió el que tal vez sería el primer monumento norteamericano en honor al almirante genovés.1

                Para Antonio Rubial el hecho de que, Estados Unidos se hubiera adelantado a Iberoamérica en la conmemoración del descubrimiento colombino, mucho más ligado a ésta que a aquellos, se debió a que para la nación recién independizada resultaba urgente crear sus propios hitos identitarios y su particular relato fundacional que la diferenciara de Europa pero que a la vez la hiciera heredera de la alta civilización y de los valores de orden y progreso tan promovidos por la Ilustración pero con un sesgo religioso. Su intención al darle al descubrimiento un lugar protagónico dentro de su propia historia nacional era ubicar a Estados Unidos como el lugar donde culminaría la cultura cristiana de Occidente, “el lugar en el que las promesas de una sociedad perfecta se cumplirían”2. De ahí el alto valor simbólico de la celebración. El grupo estatuario debelado junto al Capitolio de Washington D. C., en 1844 realizado por Luigi Persico en honor de Cristóbal Colón expresa la importancia otorgada a este personaje en la construcción de la historia oficial norteamericana durante el siglo XIX y constituye un antecedente de los homenajes artísticos que se harían posteriormente en el resto del continente. En él, Colón cargando el mundo encarna a la civilización occidental y funge como el portador de sus valores al continente recién descubierto simbolizado por una indígena que desnuda, tímida y casi arrodillada se somete voluntariamente al navegante con un gesto que va del miedo a la admiración.


En Iberoamérica, en cambio, el reconocimiento y la celebración del “descubrimiento” no serían masivos sino hasta un siglo después, en 1892, a raíz del cuarto centenario y sólo hasta el siglo XX se darían las primeras iniciativas para hacer de ésta, una fiesta nacional anual denominada Día de la Raza3. Evidentemente en el transcurso del siglo XIX, muchas de las naciones iberoamericanas, durante la elaboración de sus mitos de origen, comenzaron a tomar distancia de Europa, y en algunos círculos empezó a germinar un creciente indigenismo que rechazaba el pasado colonial. En México, por ejemplo, en el proceso de construcción de una identidad propia, los ideólogos no parecían ponerse de acuerdo en qué hacer con la herencia española y así mientras que algunos la enaltecían como la única valiosa, otros la denostaban por completo. La posición intermedia, de creciente eco en los círculos intelectuales, optó por rechazar la llamada “conquista material” por su alta dosis de violencia y sujeción, al tiempo que aprobaba los llamados “aportes culturales” que los españoles trajeron consigo (la lengua, la cultura, la religión), contribuciones por las cuales nuestro territorio podía ser integrado al denominado “civilizado mundo occidental”. Entonces, el descubrimiento comenzó a ser considerado como un acto fundacional, un proceso que había permitido la “aculturación” del indio y su evangelización; y el 12 de octubre se vio como una ocasión más propicia para celebrar el “contacto de las culturas autóctonas con las europeas” que el día de la Conquista, conmemorada en la Nueva España durante la época colonial durante el famoso Paseo del Pendón cada 12 y 13 de agosto.

                En la revaloración de Cristóbal Colón y de su llegada al nuevo mundo tuvieron mucho que ver dos libros: la Vida y viajes de Cristóbal Colón de Washington Irving y la Historia del reinado de los Reyes Católicos de William Prescott (publicadas en castellano en México desde 1831 y 1854 respectivamente). Éstos, ayudaron a difundir una apreciación del “descubrimiento” como una cruzada religiosa llevada a cabo por un héroe romántico que tras haber luchado, con ayuda y por designio de la providencia, para lograr el progreso de la civilización fue víctima del desprecio y el olvido4. Ello dio como resultado que hacia la segunda mitad del siglo se multiplicaran las representaciones tanto literarias como plásticas sobre la gesta colombina.5

                En México, las primeras imágenes realizadas por artistas académicos para recordar a Colón fueron 3 pinturas: una enviada por el pensionado Juan Cordero desde Roma en 1850, y las otras dos expuestas en 1856 en la Academia y realizadas por José Obregón y Juan Urruchi respectivamente. Las 3 exponían diferentes pasajes que sugerían la misión sagrada del navegante: la de Cordero quien eligió la presentación de los bienes del nuevo mundo a los Reyes Católicos (las bondades que a ellos les eran otorgadas por haber posibilitado la empresa), la de Obregón que representó la inspiración de Cristóbal Colón (iluminación de origen divino) y la de Urruchi  quien lo retrató en la portería del convento de la Rábida (justo antes de conocer al franciscano Antonio de Marchena, religioso que lo contactó con Fernando e Isabel y que, por tanto, hizo posible, aunque indirectamente, la empresa).  De este último cuadro se desconoce el paradero.





En escultura, la primera imagen del genovés fue la que en 1858 hiciera el profesor de la Academia, el catalán Manuel Vilar con la intención de que se convirtiera en un futuro próximo en monumento público. Una carta fechada en 1850 en la que éste solicita a su hermano José, que entonces residía en Barcelona, que le enviara un retrato del capitán, nos indica que ya desde entonces tenía en mente realizarla (junto con otra de Hernán Cortés, los fundadores de “la patria” para los conservadores)6, para dotar a la ciudad de una serie de estatuas de carácter nacionalista similares a las que entonces se hacían en Europa. A pesar de que se tiene conocimiento de que para 1853 la Junta de Gobierno de la Academia de San Carlos, había hecho publico su deseo de erigir un monumento en honor Colón, para lo cuál Vilar realizó varios bocetos del navegante7, de que incluso un año después resurgió la idea con el objeto de enviar una imagen a la exposición universal de París y de que para 1863 el emperador Maximiliano, conocedor como nadie de la eficacia del arte como herramienta propagandística, lo encargó a Ramón Rodríguez Arangoiti para colocar en él la escultura de Vilar, lo cierto es que, quizá por las circunstancias en las que vivía el país, quizá por el costo que representaba, éste no fue posible sino hasta mucho tiempo después.8 La escultura de Vilar, que comenzara a realizar en 1856, se vació en yeso hasta 1858 y a pesar de que en el comentario sobre la obra que se publicó en el catálogo de la exposición donde fue expuesta, quedó consignado que se planeaba para ella fundirla en bronce “para colocarse en esta ciudad”,9 ello no se realizó si no hasta finales del siglo como veremos luego.


Tras todos estos intentos fallidos de cubrir de bronce a Colón para adornar con él algún espacio público y con ello difundir su valía en la historia del Nuevo Mundo, finalmente en 1873, el banquero y empresario ferrocarrilero mexicano Antonio Escandón revivió el proyecto con la intención de adornar la recién inaugurada estación de ferrocarril Buenavista y con ello, de celebrar la terminación del camino que unía la capital con el puerto de Veracruz.10 La idea de colocar al “descubridor” en ese punto era adornar una de las zonas residenciales más aristocráticas de la ciudad (en donde se habían establecido no pocos extranjeros) y dar una peculiar bienvenida a todos aquellos forasteros que arribaran a la ciudad de México para recordarles la inserción de nuestro país en el concierto del mundo civilizado. A pesar de que la donación de la escultura suele atribuirse a motivos filantrópicos, tal vez fueron más bien propagandísticos (el padre de Escandón era español y él mismo se mudó a España después de derrocado Maximiliano al que había ofrecido, junto con una nutrida comisión, el trono mexicano), aunque no podemos descartar, como lo señala alguna noticia de la época que su factura se haya debido a un encargo que le fuera hecho al empresario desde la época del segundo imperio en pago de algún beneficio obtenido.11 A pesar de que el señor Escandón, en un principio, contactó a Rodríguez Arangoiti para que reestructurara el proyecto original (sustituyendo los mares que rodeaban al Colón de Vilar por la figura de los frailes Las Casas, Gante, Torquemada y de Olmedo), finalmente, tal vez para no reciclar un proyecto imperial o por meros intereses personales, se decidió contratar al escultor francés Charles Cordier, famoso entonces por su serie de obras etnográficas exhibidas en el Museo Nacional de Historia de París. Una vez terminada, la obra estuvo expuesta un tiempo frente a los Campos Elíseos arribando a México a finales de 1875. Sin embargo, no fue aprovechada instantáneamente y estuvo embodegada en Veracruz por más de una año. Hasta ahora, los motivos de tal decisión son más bien opacos aunque tal vez se deban a que se consideró un contrasentido elevar un monumento a un Colón evangelizador al mismo tiempo que las leyes de Reforma (aquellas que restaban poder a la iglesia) eran elevadas a rango constitucional por el presidente Sebastián Lerdo de Tejada.


Después de sufrir su propia odisea, a instancias de Vicente Riva Palacio y en pleno amanecer del porfiriato, esta escultura, al fin fue enclavada en 1877 en el Paseo de la Reforma, muy cerca de la estatua ecuestre de Carlos IV.12 El que entonces fuera ministro de Fomento, se había propuesto, desde hacía un año, el ambicioso programa de embellecimiento de la ciudad de México proyectando al Paseo como una lección monumental de la historia patria.13 De sobra ha sido estudiada la visión conciliadora de Riva Palacio sobre la historia, visión que pocos años mas tarde consolidaría en su México a través de los siglos, considerado como la gran empresa historiográfica del porfiriato y el primer libro de historia oficial de México (de hecho, él mismo escribió el tomo sobre el Virreinato). Su postura, dentro de los debates sobre los orígenes de la nacionalidad mexicana, se ubicaba dentro de una corriente más bien mestizófila que se alejaba del indigenismo y del hispanismo imperantes y que proclamaba al mestizo como el heredero auténtico de la nacionalidad mexicana.14

Esta decisión fue avalada por algunos intelectuales que, desde hacía algunos años, celebraban la resolución de inmortalizar a Colón en nuestra geografía. Por ejemplo, el 23 de diciembre de 1875, justo cuando recién desembarcaba de Francia el monumento que tendría que esperar al porfiriato para conocer al público mexicano, Gustavo Baz escribía para el periódico Ambos Mundos:   

La posteridad, justa como siempre, ha venido a hacer justicia a la constancia y al valor del navegante genovés. Éste ha encontrado como recompensa a sus desgracias y a su decisión, la admiración de todo un mundo. Su nombre es venerado por todos los pueblos de origen europeo. Justa es esa admiración, aunque los navegantes escandinavos del siglo XII hayan descubierto la América antes que él. A los padecimientos sufridos por Colón con una fe profunda, con un tesón de fierro, se debe que años después la civilización europea y cristiana viniera a establecerse a América y que en un siglo fecundo en acontecimientos para el mundo, y cuando expiraba la Edad Media, se completase el globo y se comunicasen entre sí todos los hombres. Debido a la generosidad de un honorable particular, México va a pagar esta deuda de gratitud que voluntariamente se han impuesto los pueblos de América...”15

La colocación de la escultura en la recién rebautizada avenida Reforma indica que desde los albores del porfiriato, los mismos liberales en el poder eligieron propagar una versión reconciliadora de la historia patria que incluyera tanto el “glorioso pasado indígena” como la “valiosa herencia occidental”.


Colón fue retratado en este monumento no sólo como el genio “descubridor” del “Nuevo Mundo”, sino, ante todo, como el apóstol que hizo posible la educación, la “civilización” y la evangelización de sus habitantes. La escultura presenta al navegante, de rostro joven, agradeciendo al cielo el éxito de su empresa con la mirada puesta en el horizonte y el brazo derecho levantado hacia lo alto. Con la otra mano exhibe el nuevo mundo al espectador descorriendo el velo que hasta entonces lo cubría. El globo terráqueo a sus pies descansa sobre un libro lo que da cuenta de la revolución en el conocimiento que el nuevo saber trajo al hombre.

La figura del “descubridor” descansa sobre una pilastra rodeada por 4 religiosos que enfatizan, como era la costumbre, el carácter providencial del hallazgo colombino y su alta misión espiritual. A pesar de la conflictiva atribución de las figuras, los estudios más recientes16 suelen identificarlas con:
1.                          Antonio de Marchena el franciscano que consulta las cartas geográficas y calcula a partir de las matemáticas la distancia que separa España de las Indias. Este fraile era guardián del templo franciscano de Santa María de la Rábida y contactó al genovés con los Reyes Católicos a la vez que se encargó del hijo de Colón, Diego, mientras duró la expedición. Marchena es retratado como un científico

2.                          Diego de Deza, el dominico que busca en los evangelios si hay algún punto de oposición con el descubrimiento de las nuevas tierras. De Deza era tutor del príncipe Juan, hijo de los Reyes Católicos y confesor de la Reina. Aprobó el proyecto de Colón en una evaluación que de él hizo un consejo de sabios y lo defendió ante la Corona. Aquí fue retratado como teólogo.


3.                          Fray Bartolomé de las Casas, el dominico que escribe su defensa de los naturales americanos. Este fraile fue famoso por su actitud en contra de la esclavitud y el maltrato de los indígenas. Es retratado como abogado.

4.                          Fray Pedro de Gante, el franciscano que educa y evangeliza a un pequeño niño indígena. Famoso por la fundación de la Escuela de San José de los Naturales (dedicada principalmente a instruir a los hijos de la nobleza local) y por sus numerosas protestas en contra de la explotación de los indígenas hacia el emperador Carlos V quien, se sabe, era su pariente. Aquí aparece como maestro.


Los primeros dos colaboraron directamente en la empresa de Colón mientras que los otros fueron reconocidos por su labor en los primeros años del virreinato novohispano como maestros pacientes y protectores decididos de los indígenas. El monumento subraya el protagonismo de estos cuatro frailes (dos franciscanos y dos dominicos) y su valiosa labor en el devenir de la historia mexicana.

Por si la inserción de estos religiosos no fuera suficiente para mostrar el sentido teleológico del descubrimiento y su importancia como cruzada religiosa, en el pedestal se incluyeron dos relieves de bronce firmados por Cordier que representan: a Colón arrodillado dando gracias a Dios por el desembarco y, el segundo, la construcción de la primera iglesia americana en la Isla la Española. En este segundo relieve incluso la mano de Dios, presente desde lo alto, auxilia en la edificación del templo. Además en la parte posterior del monumento se incluyó un extracto de la carta en latín que Colón dirigió a los Reyes Católicos, hoy ilegible, en la que atribuía el éxito de su empresa únicamente al auxilio divino.17



El análisis iconológico del monumento apunta a que la recurrencia a la figura de Colón por la burguesía católica y su reapropiación durante el porfiriato se debieron al deseo de conectar el pasado mexicano con el europeo y con ello, de proyectar a México como un país culto y civilizado, inserto en la historia sagrada de la salvación (a pesar del pretendido laicisismo de los liberales porfiristas). La escultura en el paseo de la Reforma acordaba varios intereses, los de la burguesía conservadora que la donó (y que eventualmente era a quien estaba destinado el aristocrático Paseo que entonces iniciaba su remodelación y embellecimiento), la de una intelectualidad mestizófila que pronto iría dominando el ámbito cultural y la de un régimen que entonces buscaba encontrar, por fin, estabilidad política a partir de la conciliación de diversas ideologías e intereses. Es sintomático que a pesar de que este Colón no fue mandado hacer por don Porfirio, su colocación en el Paseo de la Reforma si fue una de las primeras acciones de su gobierno. El navegante dominó la avenida por 10 años pues a pesar de que la convocatoria para los demás monumentos fue lanzada inmediatamente, la siguiente escultura que ahí se erigió, la del “valeroso Cuauhtémoc”, no fue inaugurada sino hasta 1887, como propaganda legitimante, cuando Díaz preparaba su segunda reelección (la primera de forma consecutiva).


Quisiera terminar el análisis con la apreciación que sobre el Colón de Reforma hiciera el alumno, colaborador y colega de Vicente Riva Palacio, Francisco Sosa en El monumento a Colón. Estudio artístico, histórico y biográfico, publicado enseguida de la inauguración del monumento. Antes de hacer una descripción pormenorizada y exhaustiva, Sosa hizo la siguiente observación reivindicativa sobre Colón que, me parece, muy probablemente era la que quería ser proyectada al paseante de Reforma:

El nombre de Colón encierra para nosotros la clave de nuestra historia; es la base angular de la sociedad en que vivimos; es a él a quien debemos los goces de la civilización, las relaciones con los pueblos cultos, nuestro progreso moral, en una palabra, cuanto podamos significar en el catálogo de las naciones... nosotros, sin las preocupaciones del rancio y mal entendido americanismo, reverenciamos a Colón y concedemos profundo respeto a los agentes civilizadores que tras él vinieron...18

                A pesar de que, aparentemente, el documento pareciera ser una defensa a ultranza del llamado “descubrimiento” y de sus consecuencias, era más bien una redención de Colón y de su hallazgo, tan denostado por un amplio sector del liberalismo radical de entonces. De hecho, la mestizofilia de Sosa era muy conocida siendo él uno de los principales promotores del monumento a Cuauhtémoc a quien calificó como “el primero y más ilustre defensor de la nacionalidad fundada por Tenoch en 1327.”19

                Hasta la fecha, la figura de Colón como embajador del mundo hispano en el paseo de la Reforma sigue causando controversia por lo que su figura, a la vez que ha protagonizado varios homenajes continúa siendo atacada cada 12 de octubre por algunos grupos que continúan viendo la llegada de los europeos a América como uno de los capítulos más negros de la historia de México por la carga de violencia, sujeción, racismo y discriminación que se sucedieron después.

EPÍLOGO.

En 1892, como parte de las conmemoraciones del IV Centenario del Descubrimiento de América, la junta Colombina encargada de los festejos, presidida por don Joquín García Icazbalceta, mandó fundir en bronce, al fin, la primer escultura del navegante realizada por Manuel Vilar, misma que fue colocada el 12 de octubre de aquel año en la Plaza de Buenavista, el lugar donde Antonio Escandón había proyectado poner la suya. El pedestal en donde descansa la escultura de Vilar fue construido por el arquitecto Juan Agea, sin figuras de acompañamiento, con el escudo de Colón al frente, y las pequeñas anclas que aparecen en un cuartel de dicho escudo adornando discretamente. A la inauguración asistieron el Presidente Porfirio Díaz y el Ministro de España Lorenzo Castellanos. Los discursos fueron dirigidos por Joaquín Baranda (Ministro de Justicia) y Justo Sierra.






1 Miguel Rodríguez, Celebración de la raza: una historia comparativa del 12 de octubre, México, Universidad Iberoamericana, 2004, pp. 23-25.
2 Antonio Rubial, “De calendarios, ciclos, celebraciones y centenarios”, en Historias, Revista de la Dirección de Estudios Históricos del Instituto Nacional de Antropología e Historia, número 75, México, INAH, enero-abril, 2010, p. 61.
3 En México, a pesar de que el desde 1892 el Congreso de la Unión había decretado la fecha como fiesta nacional, no fue sino hasta 1929 cuando, durante la presidencia de Emilio Portes Gil, se oficializó este festejo cívico con el nombre de Día de la Raza tal y como ya la había denominado Venustiano Carranza en 1917. Uno de los principales impulsores de este “bautizo” fue José Vasconcelos, el fundador del término raza cósmica (una especie de híbrido de todas las razas sin distinción que constituiría una nueva civilización) que la denominó “la fiesta grande” y sugirió que desplazara al 16 de septiembre como hito fundacional que hermanaba a las naciones iberoamericanas. Para Miguel Rodríguez, este cambio de nominación no es un dato menor pues de ser una fecha en la que se pretendía rememorar la enorme influencia biológica y cultural de España en América, pasó a ser una celebración del mestizaje que, “asimila o elimina, según los momentos, la especificidad de las culturas autóctonas, de modo que el objeto de la celebración pasa alternativamente de la raza indígena a la raza mestiza, ambas igualmente abstractas”. Si en un principio, pues, el término “raza” evocaba una comunidad espiritual de lengua castellana y de religión católica (la hispanidad) que integraba a los pueblos colonizados, con el tiempo, comenzó a servir para oponerse a esa visión hispanocentrista pasando a ser contradictorio con la hispanidad. Miguel Rodríguez, op. cit., p. 15.
4 Ibid. p. 25 y Fausto Ramírez, comentario del Colón de Manuel Vilar en Catálogo comentado del acervo del Museo Nacional de Arte. Escultura. Siglo XIX, Tomo II. México, Museo Nacional de Arte – Universidad Nacional Autónoma de México – Instituto de Investigaciones Estéticas, CONACULTA – INBA, 2000, pp. 156-157.
5 Para conocer el caso de la pintura y la escultura latinoamericana de tema colombino vid. Nanda Leonardini (coordinadora), La imagen de Cristóbal Colón en el arte latinoamericano del siglo XIX a través de la pintura y la escultura, Lima, Fondo Editorial Facultad de Letras y ciencias humanas, 2008 que puede ser consultado en línea: http://issuu.com/arteperu.info/docs/la_imagen_de_colon_siglo_xix (consultado el 28 de octubre del 2013).
6 Fausto Ramírez, op. cit.,, pp. 153-154. Para este autor tal proyecto podría haber sido producto de un encargo del director de la Academia, don Javier Echeverría, para retener a Vilar como profesor de la institución prometiéndole una comisión de monumentos pues en 1851 debía renovar su contrato.
7 Salvador Moreno, en su biografía de Manuel Vilar, hace referencia a un oficio que el 10 de abril de 1853 envió don Bernardo Couto al oficial mayor del Ministerio de Relaciones encargado del despacho, para hacerle de su conocimiento el proyecto que incluía, además del monumento a Colón, otro a Iturbide. Citado en Silvio Zavala, El descubrimiento Colombino en el arte de los siglos XIX y XX, México, Fomento Cultural Banamex, 1991, p. 59.
8 En el proyecto original de Rodríguez Arangoiti  el Colón de Vilar sería rodeado por cuatro grupos escultóricos que representarían los cuatro mares del nuevo continente  (el Atlántico, el Pacífico, el Golfo de México y el Mar de Cortés) los cuáles serían ejecutados por los discípulos del artista: Calvo, Noreña, Miranda y los hermanos Islas empleando mármol de Puebla y granitos mexicanos. En 1871, cuando Antonio Escandón retoma el proyecto, Rodríguez Arangoiti, a petición suya, cambió la alegoría de los mares por otras cuatro figuras: fray Pedro de Gante, fray Bartolomé de las Casas, fray Juan de Torquemada y fray Bartolomé de Olmedo.
9 Manuel Romero de Terreros, Catálogo de las exposiciones de la antigua Academia de San Carlos de México (1850-1898), México, Instituto de Investigaciones Estéticas – Universidad Nacional Autónoma de México, 1963, p. 295.
10 Antonio Escandón fue un acaudalado comerciante, empresario y banquero mexicano, que junto con su hermano Manuel, en 1857, obtuvo la concesión para reanudar los trabajos del ferrocarril que conectaría a la capital con el principal puerto de entrada, Veracruz. Empezado en 1861, fue inaugurado hasta enero de 1873 por el presidente Lerdo de Tejada. Entonces, Antonio Escandón ya residía en Europa a donde emigró a la caída del emperador Maximiliano pues fue uno de sus principales promotores y uno de los industriales más beneficiados durante el segundo imperio.
11 En la nota “El Sr. Antonio Escandón y el monumento a Cristóbal Colón”, publicada en 24 de octubre en el periódico El partido liberal, el articulista aseguraba que: “cuando durante el imperio, cedió el Ayuntamiento de México a la Compañía de Ferrocarril Mexicano el terreno en que fue construida la Estación de Buenavista, en pago de dicho terreno el Sr. D. Antonio Escandón, concesionario del citado ferrocarril, se comprometió a hacer una parte de la obra del acueducto. Esta obra consistía en derribar la arquería del antiguo acueducto de San Cosme, hasta la Tlaxpana, y establecer en su lugar una tubería subterránea. Al Ayuntamiento de la capital le tocaba suministrar la tubería y al Sr. Escandón derribar los arcos y expensar todo lo demás de la obra. Pero pasó el tiempo y el municipio no daba trazas de cumplir su compromiso; la obra no se ejecutaba. El Sr. Escandón entonces se dirigió a la persona que a la sazón tenía la cartera de Fomento, es decir, el Sr. Salazar Ilarregui, y le manifestó que le era imposible cumplir con lo estipulado en el contrato que había celebrado con el gobierno, pues el Ayuntamiento no cumplía con su compromiso. Propuso entonces el Sr. Escandón el hacer en lugar de la obra que no podía ejecutar otra de utilidad pública o de ornato que el Ministerio le indicara. Partió para Europa el Sr. Escandón y encontrándose allá recibió la contestación del Sr. Salazar Ilarregui, el cual aceptaba su proposición y le indicaba que a sus expensas hiciera construir y trajera un monumento al descubridor de América. La idea de dicho monumento pertenece pues al Sr. Salazar...” Con respecto a sus fuentes, menciona: “he aquí la narración de los hechos, tal como la hemos oído de boca de varias personas que por la posición que entonces ocupaban deben estar bien informadas.” Consultado en Ida Rodríguez Prampolini, La crítica de arte en México en el siglo XIX, tomo III, México, Universidad Nacional Autónoma de México – Instituto de Investigaciones Estéticas, 1997, pp. 241-242.
12 Según Francisco Sosa el padre de don Vicente, Mariano Riva Palacio, siendo presidente de la corporación municipal en 1868 había ya propuesto, sin éxito, retomar la idea de construir un monumento a Colón. Tomado de Silvio Zavala, El descubrimiento Colombino en el arte de los siglos XIX y XX, México, Fomento Cultural Banamex, 1991, p. 20.
13 A sólo dos meses de la Inauguración del monumento Riva Palacio, entonces Secretario de Fomento, expidió un decreto donde se disponía levantar tres monumentos más el las glorietas contiguas ubicadas en el Paseo de la Reforma: uno dedicado a la conquista (con Cuauhtémoc como su heroico representante), otro a la Independencia (especialmente dedicado a Hidalgo) y otro más a la Reforma (con Juárez a la cabeza). Esta división tripartita de la historia de México prefirguraba ya la estructura de su México a través de los siglos
14 Para conocer más sobre la mestizofilia de Riva Palacios vid. Agustín Basave Benítez, México mestizo. Análisis del nacionalismo mexicano en torno a la mestizofilia de Andrés Molina Enriquez, México, Fondo de Cultura Económica, 2002, pp.29-32.
15 Silvio Zavala, El descubrimiento colombino..., op. cit., pp. 54-55.
16 Nanda Leonardini (coordinadora), La imagen de Cristóbal Colón..., op. cit.,, pp. 93-103.
17 Según la larga descripción antes citada que hizo Francisco Sosa del monumento, la inscripción decía:
Trigésimo die postquam gradibus discessi, in mare indicum perveni, ubi plurimas insulas innumeris habitata hominibus reperi quarum omnium pro-felicissimo rege nostro preaeconis celebrato, et vexillis extenssis, conti. Adicente nemme possesionem accepi primae que carum divi salvatoris nomen imposim cujus fretus auxil lio tam ad hanc quam adceteras alias pervenimus. Citado en Revista de Sociedad. Arte y letras. México, octubre 9 de 1892, en Ida Rodríguez Prampolini, La crítica de arte, op. cit., p. 358.
18 Citado en Silvio Zavala, El descubrimiento Colombino..., op. cit.,, pp. 17-18.
19 Francisco Sosa, Apuntamientos para la historia del Monumento a Cuauhtémoc, México, Oficina tip. De la Secretaría de Fomento, 1887, p. 3.



miércoles, 4 de septiembre de 2013

MÚLTIPLES USOS PARA UN SOLO HÉROE. CUAHTÉMOC: METÁFORA LIBERAL DEL PUEBLO INDÍGENA, DE LA PATRIA MESTIZA Y DE LA SOBERANÍA MEXICANA.


Marisol Pardo Cué.

Este 13 de agosto se conmemoraron 492 años de la Conquista de México. Cuentan algunos cronistas que fue en un día nublado y triste, cuando, después de una prolongadísima resistencia, Cortés logró hacer prisionero a Cuauhtémoc, último gobernante de los mexicas.  A pesar de que sólo asumiera el poder un año antes de la caída de México-Tenochtitlan y de que los datos sobre su biografía sean más bien borrosos, su figura sirvió desde temprano y hasta nuestros días como símbolo de una gran diversidad de sujetos, objetos y conceptos y como bandera de las más diversas causas. En la ciudad de México, en la emblemática avenida Reforma, es el personaje que hasta nuestros días representa la época prehispánica y esta elección no fue sino producto del peso que el tlatoani fue adquiriendo a raíz de la independencia de nuestro país[1]. Es por ello que en este artículo me gustaría resaltar solamente, los múltiples significados que los liberales mexicanos del siglo XIX le otorgaron hasta volverse, en el porfiriato, el símbolo de algunos de los constructos fundamentales de la nacionalidad mexicana: la raza, la patria y la soberanía. El monumento referido, así como otras obras de arte plástico que protagonizó en el periodo, me servirán como fuente y ejemplo de ello.

Durante el proceso de construcción de la “historia nacional” que se fue elaborando en México durante el siglo XIX, una vez lograda la independencia del dominio español, las figuras de los “héroes” se tornaron fundamentales. Su importancia radica no sólo en su constitución como referentes de pertenencia, actores fundacionales, sino como integrantes de las nuevas hagiografías que proporcionarían a los ciudadanos un nuevo catecismo donde buscar valores y pautas de conducta cívica. Estos “santos laicos” confiscaron a los antiguos mártires muchas de sus pretendidas cualidades para su mayor culto y veneración. Así lo expresó Vicente Riva Palacio en la alocución, que cual sermón, realizó como orador oficial en las conmemoraciones de la Independencia en el emblemático año de 1867: “… la libertad necesita mártires: su sangre debe caer como rocío benéfico sobre la tierra, y de su sepulcro deben brotar los laureles, a cuya sombra los pueblos emancipados o redimidos escriban tranquilamente sus instituciones…”[2]

De este modo, y tal como ya lo ha resaltado Jaime Cuadriello, la trascendencia de la figura del héroe radica en que además de servir de puente emotivo entre el sujeto y su “patria” o “nación”, a ellos suele atribuirse la paternidad de sus tradiciones, normas y sistemas jurídicos y de gobierno. Así, aunque su condición resulte mudable y acomodaticia en relación a quien los use para transmitir sus propios mensajes, resultan también necesarios pues en su figura “se catalizan las autoproyecciones sociales y políticas, de clase o raza, de género o edad, de todos aquellos que se dicen sus herederos.”[3]

En el por demás caótico siglo XIX, etapa de crítico intervencionismo y lucha contra las ambiciones extranjeras, su figura resultó imprescindible para la conformación del imaginario nacional mexicano pues provocaban una devoción religiosa de fácil arraigo, convocaban a la defensa y al patriotismo y se convirtieron en el vínculo entre un pasado mitificado y el futuro idealizado. A pesar de la pretendida paz alcanzada durante el porfiriato, esta necesidad no mermó pues entonces se hizo urgente vincular al presidente con los antiguos defensores de la patria en aras de validar la continuación de su mandato. Como ejemplo de lo anterior tenemos el inusitado furor que se dio, sobre todo a finales de siglo, por localizar los restos y pertenencias de los próceres nacionales para su exhibición en público como reliquia y su traslado a otros lugares más dignos de su honra[4].

No obstante que desde finales del siglo XVIII algunos intelectuales criollos decidieron buscar en el pasado prehispánico el origen de nuestra historia, la consolidación de Cuauhtémoc como héroe nacional no se realizó sino hasta la segunda mitad del siglo XIX, tras la guerra con los Estados Unidos en 1846. Fue entonces cuando su memoria se instaló en los debates acerca de la cuestión indígena y el futuro de la nación. Mientras que eminentes historiadores conservadores mexicanos como Lucas Alamán y Joaquín García Icazbalceta o norteamericanos como W. Prescott, consideraron la Conquista como el gran acontecimiento originario del Nuevo Mundo, atribuyendo a Cortés su paternidad; para los historiadores liberales como Lorenzo Zavala, José María Luis Mora, Manuel Orozco y Berra o Ignacio Manuel Altamirano, Cuauhtémoc podía ser considerado como el impecable guardián del México prehispánico, el “defensor de la patria antigua” y su tortura y muerte debía ser comprendida como la máxima expresión de los abusos del sistema colonial.[5] De este modo, mientras que los conservadores iban dando forma a su propio panteón de héroes nacionales con Cortés e Iturbide a la cabeza, los liberales hacían lo propio pero enalteciendo a Cuauhtémoc, Hidalgo y Morelos como los nuevos mártires laicos.

Tras la expulsión de las tropas francesas del territorio y el fusilamiento de Maximiliano, una vez restaurada la República por los liberales, se erigió el primer monumento público a Cuauhtémoc, obra del escultor Manuel Islas. Fue inaugurado el día 13 de agosto de 1869, justo en el aniversario de la caída de Tenochtitlan, por el entonces presidente Benito Juárez, quien ya había hecho pública su identificación con el tlatoani[6]. Se ubicó en el paseo de la Viga, la principal arteria de la ciudad que conectaba la zona sur con su corazón y que con sus chinampas evocaba el México prehispánico. La importancia otorgada a esta obra pública pudo constatarse desde su fastuosa inauguración a la que asistieron, además del presidente, todo el gabinete, el gobernador y los miembros del ayuntamiento. En los costados de la base del busto podía leerse, en español y náhuatl: Al último monarca azteca, a Guauctimoctzin, heroico en la defensa de la Patria, sublime en el martirio.[7] Este monumento, que servía como homenaje a los soldados caídos durante las reyertas contra franceses y norteamericanos, mitificaba y santificaba al héroe, invitando al patriotismo, a la unidad nacional y a la defensa a ultranza del país[8]. El mensaje bilingüe en el pedestal pretendía validar al gobierno republicano y liberal como el heredero político del antiguo régimen prehispánico (que al igual que él había combatido a las potencias extranjeras) y el unificador de los intereses de la población.


 

 

De este modo, desde este primer homenaje público a Cuauhtémoc, se enarboló su figura como el símbolo de la soberanía y de la resistencia popular ante la amenaza extranjera y por ello su culto fue respaldado por el grueso de los liberales quienes tendieron a contrastar su persona con la de Moctezuma a quien se responsabilizaba de la Conquista a causa de su superstición y cobardía (defectos que muchos imputaban a la “raza” indígena y que eran condenados como vicios imperdonables).[9]

La imagen y alterado recuerdo del tlatoani fue propagándose en múltiples soportes, tal como sucedió en las biografías que Manuel Payno o Eduardo Gallo le hicieran, respectivamente, para El Libro Rojo de 1871 o los Hombres ilustres mexicanos publicada entre 1873 y 1875; ambos libros, resultado de las nuevas hagiografías con que se dotó al estado de próceres republicanos. En sus ilustraciones se difundía el protagonismo de Cuauhtémoc en la lucha y el martirio en las escenas de batalla y tormento.

                



Su figura pronto se identificó como la del primer mártir defensor de la soberanía y como tal fue la primera que se realizó expresamente para adornar el paseo de la Reforma, el gran mausoleo histórico programado para celebrar la memoria de aquellos que con su vida habían defendido la “soberanía nacional”[10]. El monumento a Cuauhtémoc, cuya escultura fue realizada por Miguel Noreña, es el resultado de un concurso convocado en 1877 por las autoridades mexicanas encabezadas por Porfirio Díaz y Vicente Riva Palacio que tenían pensado hacer de la avenida una gran galería de próceres que aportaran los referentes visuales de la gran gesta nacional. En ciertos puntos del trayecto se proyectó levantar diferentes esculturas que servirían como monumento a los héroes considerados emblemáticos de cada batalla y como altares conmemorativos a la patria. Como principal personaje representativo de la época prehispánica, aquel que después del reciclado Colón abría el recorrido, se eligió a Cuauhtémoc por las virtudes de valentía, constancia, nobleza y estoicismo necesarias para su ardua defensa del “México antiguo”[11]. No es mi intención analizar aquí los pormenores y resultados del concurso ni hacer un análisis iconográfico del monumento[12], pero sí destacar que su inauguración se fijó para el día 21 de agosto de 1887, fecha ominosa que pretendía recordar su tormento –cuya escena, junto con la de la presentación de Cortés (obras de Gabriel Guerra y del mismo Noreña respectivamente), se plasmó en los paneles del pedestal. Ello a pesar de la crítica de algunos que, como Francisco Sosa, señalaron esto como un contrasentido: hacer una apología del martirio[13]. El ensalzar el carácter sacrificial del héroe puede ser interpretado como una convocatoria a la unidad nacional por parte de las autoridades y como una exigencia a los ciudadanos para reforzar su compromiso y lealtad ilimitada con la nación a pesar del sufrimiento y la muerte. La obra en su conjunto, al oponer la valentía del vencido a la avaricia e indecencia del vencedor, en los paneles de la base, también apelaba a las virtudes de virilidad y honorabilidad exigidas al ciudadano del caótico siglo XIX[14].


    




 

Además, como emblema de la patria, durante los festejos de inauguración, el presidente Díaz consolidó su identificación simbólica con Cuauhtémoc. Presidiendo la ceremonia en un trono o icpalli que recordaba al de los antiguos tlatoanis, escuchaba los poemas y discursos –en náhuatl y castellano- que alababan a Cuauhtémoc y sus aliados y en los que se ligaba su defensa de la patria a acontecimientos más recientes como la batalla de Cuautla de 1812, la de Chapultepec en 1847, la del 5 de mayo de 1862 o la que puso fin al interregno francés en México en 1867. Las arengas apelaban a la unidad nacional en torno a la figura del heroico presidente recordando los funestos acontecimientos que habían arrojado a la antigua “patria” a los puños del invasor extranjero.[15] En su discurso Alfredo Chavero recordaba emocionado:

Solamente [Cuauhtémoc] comprendía que había una patria común para todos y que todos debían perder; y al verse abandonado se resolvía, ya que triunfar no era posible, a sucumbir por esa patria ideal… Señor presidente, ha más de tres y media centurias que el gran Cuauhtemotzin caía en la ciudad de México en poder de Hernando Cortés, capitán del emperador austriaco Carlos V; y hace veinte años que, tras cruenta lucha con uno de los descendientes del mismo Carlos V, recobrabais para la patria la ciudad de México, y se os entregaban presos en el palacio nacional los soldados austriacos. Vos le habéis dado la revancha a Cuauhtémoc; de derecho os toca descubrir su estatua.[16]

La retórica enarbolaba a Díaz como el vengador de Cuauhtémoc y el redentor de la “antigua patria” mexicana. En la ceremonia, que pretendía reactivar la mítica resistencia, se proponía otorgar al entonces presidente una herencia ancestral cuasi divina, justo en el año en que se enmendó la constitución de 1857 para permitirle instalarse nuevamente en el poder, proclamándose, de este modo, el programa de un régimen autocrático. En la prensa de oposición se denunció esta manipulación con algunos cartones como el de Daniel Cabrera (Fígaro) quien en agosto de 1889 publicó su crítica en El Hijo del Ahuizonte en una estampa titulada Una fiesta para Cuauhtémoc.




La imagen del último tlatoani viajó, ya fuera en pintura o como copia de esta efigie, a diversas exposiciones universales (París 1889, Chicago 1893 y Río de Janeiro 1922) convirtiéndose, por un lado, en embajador distinguido del valor y honorabilidad del pueblo mexicano y, por otro, en el emblema de una patria singular, orgullosa de su heroico pasado comparable al de la cultura grecolatina. De hecho, como ya se ha señalado, el Cuauhtémoc de Reforma asemeja al dios latino de la guerra Marte lo que se evidencia por su postura clásica policletiana, su vestimenta en la que el copilli parece una capa romana y por sus armas: el casco sobre el que se yergue el penacho y la lanza que reemplazó la macana o el carcaj asociado con el salvajismo[17].

Los liberales porfirianos, influidos por la mestizofilia desarrollada a lo largo del siglo y, después, por las teorías evolucionistas, espencerianas y del darwinismo social en boga durante el porfiriato y que decretaban la superioridad de las razas blancas (sobre todo sajonas) sobre el resto[18], y en un claro afán de conciliar la herencia indígena con la occidental[19], vieron en Cuauhtémoc el símbolo viable y dicotómico del pasado indígena y del presente mestizo. Por ello, muchas de sus representaciones iconográficas y literarias prefirieron poner el énfasis en su blancura. En la biografía que Manuel Payno escribiera sobre el héroe en El libro Rojo (para cuya elaboración recurrió a Díaz del Castillo), con el fin de “ennoblecer” al taltoani, lo describió “gallardo, bien proporcionado”, con la piel “aterciopelada y más blanca que morena” y una “cabellera, negra como el ébano”, que hacían de él “el tipo perfecto y acabado de la raza noble del Nuevo Mundo[20]. Estas características fueron impresas en el monumento de Miguel Noreña que, aunque de bronce, dotó al héroe de una faz con rasgos más bien occidentales. Del mismo modo, en el lienzo que el pintor Joaquín Ramírez pintara para la exposición conmemorativa del 400 aniversario de la colonización americana realizado en Chicago en 1893, vemos a un Cuauhtémoc blanco, orgulloso e inquebrantable, enfrentado cara a cara al conquistador. En ambos casos, me parece, la figura del último tlatoani sirvió como emblema del mestizo redimido –valiente e inquebrantable- que, precisamente por ello, encarnaba al ancestro mítico del presidente Díaz quien, por cierto, también fue sufriendo esta mutación en sus retratos.

    
 
 
 


De este modo, su polivalente significado incluía no sólo el de ser emblema del pasado prehispánico sino también de la cultura y el pueblo mexicanos, del “orgullo” de los orígenes de la raza mestiza[21] y el derecho a la autonomía. En pintura, su vinculación con la patria se subrayó al relacionarlo con los colores de la bandera (tal como se ve en la pintura de Ramírez y en la de Izaguirre a continuación). Los liberales tendieron a trazar una línea continua entre él, Hidalgo, Juárez y el propio Díaz por su identificación con la patria y por su defensa a ultranza de los intereses nacionales en continua amenaza ante la codicia extranjera.

Tal fue el manoseo que sufrió la figura del tlatoani que en 1890 fue usado como patrono de una de las principales transnacionales mexicanas: la cervecería Cuauhtémoc. Su etiqueta, con la efigie del paseo de la Reforma, fue realizada justo en 1893 y una de las estrategias de mercadotecnia fue enviar una reducción del monumento a la feria de Chicago, la cual recibía al visitante acompañando dos lienzos sobre el calvario del tlatoani: la mencionada Rendición de Cuauhtémoc de Joaquín Ramírez y El Tormento de Cuauhtémoc de Leandro Izaguirre. Paradójicamente, Cuauhtémoc se tornó en un símbolo nacional proyectado internacionalmente cuya sintaxis se incorporó al lenguaje universal colonialista para expresar, a nivel semántico, la resistencia y negación de esa misma condición[22].

Sin duda, para el visitante del pabellón de México en Chicago podría resultar un tanto extraño esta dicotomía simbólica plasmada en el mismo héroe: por un lado orgullo de una patria singular, por el otro como logotipo de un producto comercial; por un lado el indígena atormentado y humillado pero inquebrantable, por el otro, el primer héroe mestizo mexicano.




La difusión de su imagen como representante de la nación, sin embargo, no estuvo exenta de polémica y así, mientras prominentes liberales como Ignacio Manuel Altamirano lo calificaban de “héroe sin mancilla”, algunos conservadores lo relacionaron con la barbarie y denunciaron su culto como producto de intereses masones, en honor y remembranza de la antigua adoración del maligno. Como ejemplo de ellos tenemos a Francisco G. Cosmes quien sostuvo en la prensa una acalorada polémica al respecto en 1894, declarando en uno de sus artículos titulado “¿Quién fue el padre de nuestra nacionalidad?”: “…si Cuauhtémoc no fue hijo de la nación mexicana propiamente dicha, si no fue mexicano, sino azteca, si ningún servicio prestó a la sociedad de que formamos parte los ciudadanos de esta República, no se explica cómo es llamado héroe de nuestra patria, mientras que el que dio el ser a esta patria [Cortés] se le consagra odio eterno”[23].

La controversia y confusión que causó su figura puede ser considerada como el producto de una nación que estaba en el proceso de construcción de una imagen, una identidad y una legitimación que la distinguiera del resto pero que, a la vez, la introdujera en el concierto de las naciones civilizadas.

 

 




[1] A pesar de que hacia finales de siglo XIX fueron ubicadas, al iniciar el recorrido, las esculturas de los tlatoanis aztecas Izcoatl y Ahuizotl (los que con el tiempo fueron llamados indios verdes), realizadas por Alejandro Casarín, éstas pronto fueron removidas y colocadas en el Paseo de la Viga debido a la amplia crítica de la época. Tras peregrinar por varios puntos de la ciudad, hoy se encuentran en el Jardín del Mestizaje en la avenida Insurgentes.
[2] Versión del discurso publicado en El Monitor Republicano, en septiembre 20 de 1867. Tomado en José Ortiz Monasterio, México eternamente. Vicente Riva Palacio ante la escritura de la historia, México, FCE - Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, 2004,  p. 131. Tal como lo señala este autor: “Esta visto que las instituciones republicanas que Riva defiende con tanto ardimiento no pueden prescindir del lenguaje teológico y la historia de México viene a ser a fin de cuentas otra historia de “redención”, que encaja perfectamente con la idea del mundo de sus oyentes, netamente religiosa.”, p. 143.
[3] Jaime Cuadriello, “Para visualizar al héroe: mito, pacto y fundación”, en El éxodo mexicano. Los héroes en la mira del arte, México, MUNAL-UNAM, 2010, ps. 39 - 41.
[4] Se pueden buscar algunos ejemplos de esto en Josefina García Quintana, Cuauhtémoc en el siglo XIX, México, UNAM, 1977, ps. 13-15.
[5] Andrés Iduarte, “Cortés y Cuauhtémoc: hispanismo e indigenismo” en El ensayo mexicano moderno, t. 2, José Luis Martínez (ed.), México, Fondo de Cultura Económica, 1984, ps. 268-280.
[6] Desde 1867, para justificar su decisión de ejecutar a Maximiliano, alegó la reivindicación del Anahuac, considerándose él mismo como el legítimo heredero de “mi progenitor Cuatimoctzin” declarando: “heredamos la nacionalidad aboriginal de los aztecas, y con pleno goce de ella, no reconocemos ni soberanos, ni jueces, ni árbitros extraños.” Manuel Orozco y Berra, Apuntes para la historia de la geografía en México, citado en Enrique Florescano, Etnia, estado y nación, México, Taurus, 1996, p. 382.
[7] Daniel Schávelzon, “El primer monumento a Cuauhtémoc”, en La polémica del arte nacional en México 1850-1910, México, FCE, 1988,  p. 109.
[8] Esta lectura trágica del tlatoani lo acerca afectivamente pues tal y como lo apunta José Ortiz Monasterio: “Cuauhtémoc es un héroe trágico, que heredó el trono cuando ya todo estaba virtualmente perdido, pero aún así se dispuso a defender a su pueblo, a su familia, a su mujer, de los terribles invasores; la grandeza de Cuauhtémoc consiste en que peleó del lado de los débiles y esta postura ética nos afecta hasta la fecha.”, México eternamente…, op. cit., p. 85.
[9] Fausto Ramírez da cuenta de cómo en la Academia, los cuadros finiseculares sobre Moctezuma aludían a esta condición. Vid., “México a través de los siglos (1881-1910): la pintura de historia durante el porfiriato” en Los pinceles de la historia. La fabricación del estado, 1864-1910, México, MUNAL-BANAMEX-UNAM-IIE-CONACULTA, 2003, pp. 127-128.
[10] A pesar de que cuando se inauguró la escultura ya existían en el paseo la del caballito y la de Colón, estas no se realizaron como parte del conjunto, simplemente se respetó el lugar donde las encontró el porfiriato. El proyecto original contemplaba realizar en el paseo: las estatuas de Izcóatl y Ahuizótl (los conocidos como “indios verdes” que después transitarían por varios puntos de la ciudad hasta ubicarse actualmente en el jardín del mestizaje en Cantera e Insurgentes), el monumento a Cuauhtémoc, la columna de la independencia y otro monumento, no realizado, dedicado a los héroes de la Guerra de Reforma y de Intervención, considerada entonces como “la Segunda Independencia”. En ese mausoleo, precedidos por Zaragoza figurarían otros héroes entre los cuáles estaba proyectado el propio Díaz quien, así, se integraría al panteón de los héroes patrios. Aunque éste último no se realizó, a lo largo de la avenida fueron incluidas numerosas esculturas de héroes de la Independencia y la Reforma procedentes de los estados de la República. Para conocer la apasionante historia del Paseo de la Reforma pueden consultarse diferentes obras como: Carlos Martínez Assad, La patria en el paseo de la Reforma, México, FCE, 2005; Angélica Velásquez Guadarrama, “La Historia patria en el paseo de la Reforma. La propuesta de Francisco Sosa y la Consolidación del Estado en el Pofiriato”, en Arte, historia e identidad en América. Visiones compartidas, T II, México, UNAM, XVII Coloquio Internacional de Historia del Arte, 1994 y Patricia Pérez Walters, “La historia en bronce del Paseo de la Reforma”, en Historia del Paseo de la Reforma, México, INBA, 1994.
[11] Aquí cabe resaltar que la devoción de Cuauhtémoc se encuentra estrechamente ligada a la masonería. Los masones yorkinos, en franca oposición con los escoceses, fomentaron una iconografía sectaria alrededor de las imágenes y símbolos aztecas, incluyendo a la figura del tlatoani y hacia el final de la centuria incluso empezaron a nombrar a sus hijos como Cuauhtémoc incorporando a este personaje dentro de su calendario festivo. Muchos líderes del movimiento de Reforma estuvieron activos en la orden incluyendo a Juárez, Ramírez y Altamirano, al tiempo que Díaz fue un devoto líder masón. Cristopher Fulton, “Cuauhtémoc awakened” en Estudios de Historia Moderna y Contemporánea de México, México, UNAM-IIE, n. 35, enero junio-2008, ps. 15-16, 37.
[12] Esto ya lo hizo de manera pormenorizada Citlali Salazar en El héroe vencido. El monumento a Cuauhtémoc (1877-19113), tesis de licenciatura en ciencias políticas y sociales, México, Universidad Nacional Autónoma de México-Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, 2006.
[13] De hecho, ese día fue declarado desde entonces conmemorativo para el héroe y cada año se preparaban actividades en su honor.
[14] Citlali Salazar, “Cuauhtémoc. Raza, resistencia y territorios” en El Éxodo Mexicano. Los héroes en la mira del arte, op.cit., ps. 416, 419.
[15] Los encargados de recitar los discursos, escritos por Francisco Sosa, Eduardo del Valle y Amalio José Cabrera, fueron Alfredo Chavero y Francisco del Paso y Troncoso. Una amena síntesis de lo acontecido puede leerse en Citlali Salazar, El héroe vencido. El monumento a Cuauhtémoc., op. cit., pp. 12-20.
[16] Alfredo Chavero, et. al., Memorandum acerca de la solemne inauguración del monumento erigido en honor a Cuauhtémoc en la calzada de la Reforma de la ciudad de México, México, Imprenta de J. F. Jens, 1887, pp. 17-19, 39.
[17] Citlali Salazar, El héroe vencido… op. cit., pp. 123-124.
[18] Estas teorías, que tenían su origen en Europa y que pronto se difundieron en América, sostenían que la raza mejor dotada, más fuerte y más apta era la blanca. Los científicos mexicanos, sin embargo, apoyados en estudios antropométricos, sustentaron las teorías de la degeneración de las razas pero creían en su posible regeneración a partir de la mezcla y la educación. Para profundizar más sobre el tema vid. Beatriz Urías Horcasitas, Indígena y criminal. Interpretaciones del derecho y la antropología en México 1871-1921, México, Universidad Iberoamericana, 2000.
[19] El discurso reconciliador puede constatarse, por ejemplo, en el que es considerado el gran proyecto de historia oficial del porfiriato: el México a través de los siglos dirigida por Vicente Riva Palacio.
[20] Manuel Payno, “Cuauhtémoc”, en El Libro Rojo, México, COACULTA, 2006, p. 44.
[21] No sólo por su fisonomía. Vicente Riva Palacio, en su novela Martín Garatuza, proclamaba a Cuauhtémoc como el padre del primer mestizo al procrear con la hija de un conquistador. Así, era la mezcla de hombre indígena y mujer española (y no al revés como sucedía con Cortés y la Malinche) la que otorgaba a la nueva raza las virtudes heroicas necesarias para su legitimación.
[22] Una prueba más de su paradójica utilización fue el que en 1889 el vapor aviso usado para la represión de los mayas de Yucatán fuera bautizado con el nombre de Cuauhtémoc en un intento de validar la tiránica misión, Josefina García Quintana, Cuauhtémoc en el siglo XIX, op.cit. , p. 27.
[23] Para conocer esta controversia dirimida en la prensa vid. Aimer Granados, Debates sobre España. El hispanoamericanismo en México a finales del siglo XIX, México, El Colegio de México, Universidad Autónoma Metropolitana Cuajimalpa, 2010, (colección Ambas Orillas), pp. 237-247.