domingo, 5 de octubre de 2014

Hospicio de Niños Expósitos

Maru Herrera Cuevas.


A partir de 1905 la ciudad de México contaba con un nuevo hospicio. El anterior, llamado “Hospicio de Pobres”, había sido fundado en 1774  frente a la Alameda, en lo que hoy es la Avenida Juárez y Balderas, el cual, después de más de un siglo de existencia, se encontraba en lamentables condiciones, por lo que el entonces presidente de la República, Porfirio Díaz, ordenó la construcción de una nueva sede, como parte de su programa de Beneficencia Pública que inició desde el primer año de su gobierno, estableciendo una junta denominada Dirección General de Beneficencia Pública, dependiente del Ministerio de Gobernación, destinada a la administración de los establecimientos hospitalarios, de asistencia social y correccional, que estaban a cargo del Ayuntamiento desde 1862. Creando a lo largo de su gobierno, múltiples instituciones, como el Hospital General en 1905 y el Manicomio General de “La Castañeda” en 1910, cumpliendo al mismo tiempo, la doble función de responder a una necesidad sentida en la sociedad y la de proyectar una imagen de progreso y modernización.
“… uno de los más hermosos, útiles y amplios edificios de los  que se han construidos últimamente y de los que constituyen las más significativas muestras de la transformación material de la Metrópoli, progresando en ritmo acorde con los adelantos de todo género de la república. El señor Presidente, firme en sus proyectos de ensanche para el mejoramiento de la Beneficencia Pública, tanto en su organización interior como en su prosperidad material, ha llevado a cabo la grandiosa obra de transformar el antiguo Hospicio de Niños Pobres “El nuevo hospicio” (El Imparcial, Núm. 3273).

A principios de  1900, el general Manuel González Cosío, entonces Secretario de Gobernación, asignó a los ingenieros Roberto Gayol y Mateo Plowers la elaboración del proyecto y la dirección de la construcción, iniciándose los trabajos correspondientes a esta última tarea, en septiembre de ese año. En mayo de 1904 el ingeniero Gayol se separó de la dirección técnica de la obra, continuando solamente el ingeniero Plowers. El lugar para ubicar el hospicio, fue elegido por Gayol y Plowers, “escogiendo un vasto terreno al sur de la Ciudad, vecino al río de la Piedad y con frente á Calzada de Tlalpan, a unos tres kilómetros del centro de la Capital, reuniéndose en dicha ubicación las precisas condiciones de un ambiente sano, situación topográfica propia, extensión suficiente -4 hectáreas- y estricta economía” (Ídem).




La inauguración tuvo lugar  el 17 de septiembre de 1905. Ante el hermoso edificio de estilo francés, el presidente Díaz pudo decir que “sus condiciones de confort e higiene eran las que correspondían a un asilo moderno”. Con el Hospicio de Niños, Díaz y su equipo de “Científicos”,  pretendían instituir un complejo sistema de atención a niños desamparados, el cual se iniciaba en la Casa de Párvulos dedicada a la crianza y educación de  niños abandonados, desde recién nacidos, hasta los cinco años; de esta edad a los doce años eran admitidos en el Hospicio, y las niñas, de los seis a los catorce. Cuando los asilados varones cumplían los doce años pasaban a la Escuela Industrial donde completaban su instrucción primaria y aprendían algún oficio mecánico. Las niñas, al llegar a los 15 años, si tenían familias, eran entregadas a ellas, y en caso contrario, continuaban en el Hospicio hasta los 24 años, o antes si podían bastarse a sí mismas, haciendo uso  de los medios que les proporcionaba la educación adquirida en el plantel, para lo cual, el Hospicio contaba  con  talleres de cocina, además de corte y confección.


Bajo estos principios, el diseño arquitectónico resultaba fundamental para cumplir con los objetivos generales que tenían asignados. Los espacios físicos que componían el conjunto del establecimiento revelaban los fines implícitos que debían cumplir: sencillez, severidad, solidez, belleza y gracia. El sistema de distribución de los diversos departamentos que formaron el Hospicio siguió un plan de edificios separados, enlazados entre sí por diversos cuerpos de construcción que permitían la circulación y comunicación entre las diversas dependencias, proyectando estructuras aisladas con fachadas libres que recibían aire y luz directamente. De este modo, se pretendía atender a los asilados según sexo y edad en locales diferentes, pues para las autoridades, la educación de los niños exigía medios diferenciados, lo que se concretaba en la creación de departamentos especiales y separados para niños, niñas y párvulos.

Descripción del conjunto arquitectónico.


La planta general  estaba conformada por un conjunto de edificios de dos niveles, distribuidos en un predio de amplias dimensiones, formado por largas galerías separadas, comunicadas entre sí por pasillos y corredores. Al centro de las cuales, se encontraba el edificio principal en el que se ubicaban varios servicios y dependencias administrativas. Hacia el sur del edifico central se encontraba el departamento de niños, que contaba con tres edificios: el primero, tenía al frente la escuela para niños y la sección de párvulos, y en la parte posterior dos edificios asignados como dormitorios. Hacia el norte, el departamento de niñas, constaba de cuatro edificios, el del frente era la escuela de niñas y atrás, los tres restantes para dormitorios. Todos estos edificios, secciones, pabellones y departamentos tenían hermosas fachadas estilo neoclásico y estaban separados por  jardines, entre los que sobresalían los frontales, uno central y dos en las cornisas orientales del predio, los tres de amplias dimensiones y cuidadoso diseño ornamental.


A continuación se describen cada uno de estos elementos, resumiendo la crónica  que hizo el periódico el  Imparcial, con motivo de la inauguración del Hospicio. Se han respetado algunas expresiones adjetivas.

Edificio central. En el fondo del vasto patio de honor, en donde luce un parque inglés de correcto estilo, al centro, se encuentra el edificio central, de forma rectangular y dos niveles. Cuya planta baja está destinada a las oficinas de la administración, la dirección, los almacenes, los despachos, los locutorios, los comedores para niñas, niños y párvulos, las cocinas y al fondo la lavandería. El vestíbulo del edificio es majestuoso, encontrándose en el cubo de la magnífica escalera de doble rampa, gallardamente construida apoyándose sin auxilios metálicos en los muros laterales. Todo el vestíbulo se haya bajo una bóveda de gran peralte, revestida con tejas cerámicas esmaltadas, dando expresión de suma belleza, mereciendo anotarse, además, el ornato elegantísimo que adorna el monumental vestíbulo que antecede a la entrada de los departamentos de exposiciones y de actos públicos ubicados en el piso superior. El salón de exposiciones amplio y ornamentado con todo gusto por el pintor Ramón Cantó;  el de los actos públicos, también amplio, emplea como en el anterior el mismo gusto y la sencillez elegante que el arquitecto buscó y encontró en cada uno de los detalles del soberbio edificio.




Los Departamentos. Son dos, uno de niñas y otro de niños, el primero situado el norte del edificio central y el de niños y párvulos, al sur. Conformados por largos edificios de dos plantas, cada uno de los cuales, consta de recintos escolares, dormitorios y otras dependencias


Las escuelas. Son dos, una para niños y otra para niñas, ubicadas al frente del predio, encabezando cada uno de los dos departamentos generales; sus  construcciones iguales entre sí tienen algunas distinciones: la de niñas, cuenta con una escuela de Instrucción Primaria con capacidad para 300 alumnas. Cuenta también, con un  amplio pabellón  para  talleres de dactilografía, estenografía, moda, canto, cocina y repostería, a cuyo efecto existe una dotación completa de útiles, aparatos, máquinas y todo género de elementos respectivos; encontrándose anexo un local destinado a las depositadas y empleadas secundarias. La escuela de niños tiene capacidad para 400 alumnos. En este edificio se encuentra también la sección de párvulos, con capacidad para cien niños menores a cinco y seis años. Tiene ocho dormitorios, refectorio, salones para clases de labores manuales, patio de recreo y baños. Los dormitorios y el refectorio están adaptados a las condiciones de mayor vigilancia e íntimos cuidados que necesitan los pequeñuelos bajo el paternal cuidado que les brinda el moderno asilo.


Los salones de clases, para ambas escuelas, son rectangulares, de iluminación unilateral del lado izquierdo, según lo previene la higiene pedagógica, con espacio para cincuenta niños y teniendo cada uno su entrada independiente por medio de una espaciosa galería. Existen en cada departamento, salones para que los niños efectúen sus ejercicios físicos. Huelga decir que en unos y otros, el mobiliario, aparatos y útiles son de lo más adecuado y moderno para la educación e ilustración de los niños.










Dormitorios. Ubicados hacia la parte trasera de cada departamento, constan de edificios de dos pisos cada uno, conteniendo cada planta dos dormitorios para cincuenta camas. El de niñas, consta de tres edificios, con un total de doce dormitorios, pudiendo alojar más de 600 asiladas. El de niños, consta de dos edificios, con ocho dormitorios con capacidad para 400 niños. Tanto los dormitorios de niñas como el de niños tienen una dimensión de cuarenta metros de longitud por cinco de anchura, asegurándose de este modo, una provisión  de cuatro metros cincuenta centímetros cuadrados de aire para cada asilado.  Las  26 amplias ventanas de cada dormitorio dan a los jardines y están distribuidas a distancia de tres metros unas de otras; son de forma rectangular y dan luz al salón por uno y otro lado, y se encuentran a un metro sobre el nivel del piso, llegando hasta cerca  del intradós de las bóvedas de la  techumbre. Los dormitorios están diseñados para ser confortables y han sido construidos según las reglas higiénicas, teniéndose en consideración la capacidad asignada.  Respecto del mobiliario, es tan cómodo y fuerte, como propio para ser fácilmente aseado y de un aspecto de sobria decencia, que armoniza perfectamente con la arquitectura general del grandioso edificio. Cada dormitorio cuenta con un pequeño alojamiento colocado de manera estratégica, destinado a la vigilancia nocturna, por el empleado respectivo.


Departamento de baños. Tanto el departamento de niñas como el de niños cuentan con una sección de baños, instalados en sendos edificios independientes. En cada uno de ellos, hay dos gabinetes para vestirse, estanques de agua templada y una instalación de duchas y regaderas, con dependencias anexas para diversos usos. Es verdaderamente notable; asume un aspecto de frescura, amplitud y confort extraordinarios.


Los refectorios. El salón comedor de niños tiene una capacidad para 400 asilados, y 600 el de niñas. Son amplios con  techumbres de aéreos y macizas bóvedas, sin  pilastras o columnas, sus muros cuentan con distintas series de espaciosos ventanales que permiten el paso al aire y la luz de los jardines. Están éstos en inmediata comunicación con la cocina, por una parte, y por la otra con los departamentos de niñas y niños, a que cada uno respectivamente pertenecen, siendo dicha comunicación por medio de pasillos, en los cuales se han distribuido los lavabos y los w. c.


La lavandería. Cuenta con cuarenta lavaderos y está situada en la parte posterior del establecimiento, con talleres para almidonar, planchar, repasar la ropa, y demás operaciones propias para el aseo de la ropa de las asiladas y niños. El asoleadero, que se encuentra próximo, es vasto y con piso de cemento.


La cocina.  Es un vasto recinto, dotado de cuatro verdaderos estanques, brillante con su magnífica estufa metálica, dispuesto para preparar alimentos para mil doscientas personas, perfectamente ventilado y cómodo. En torno a este departamento se encuentran las dependencias anexas a este servicio. El edificio cuenta también con  instalaciones para el departamento de vigilantes, empleados subalternos, la enfermería con  pabellones separados para niños y niñas, respectivamente.


 Instalaciones de maquinaria. El salón de las calderas está compuesto de cuatro compartimentos que suministran vapor para los motores de los dinamos, los talleres y demás servicios múltiples que lo necesitan.  El salón de motores consta  de dos motores y dos dinamos de lo más moderno y propio, dependiendo de ellos las conexiones para el alumbrado del vasto plantel, que es de ochocientos focos de luz incandescente y cuarenta y dos lámparas de arco. El salón de bombas y compresores, donde hay dos estanques con capacidad de treinta y cuatro mil litros de agua y aire comprimido, destinados a inyectar el agua y distribuirla por todos los departamento.


Conclusión.
Caminando actualmente por los antiguos barrios de San Antón, uno se encuentra con una típica colonia de la ciudad de México. Ahora ya no se aplica el término extramuros que algún tiempo tuvo, es totalmente céntrica, basta cruzar Fray Servando Teresa de Mier, que es su límite norte, para entrar al Centro Histórico. Tampoco podemos aplicarle los términos de arrabal o barriada que en otros tiempos se le dio, y la población ya no se le conoce como “rastrero”. Muchos de los vecinos ni siquiera saben que en su entorno estuvo el matadero de la ciudad, como quizá también, muchos de ellos ignoren la pasada existencia del Hospital de San Antonio Abad, del Hospicio para Niños Expósitos y de muchos otros patrimonios, algunos materiales otros inmateriales, que perfilaron el paisaje y la vida de los que aquí vivieron, de los que aquí pasaron. Patrimonios culturales existentes o extintos, poco incluidos en las crónicas o historias citadinas quizá por su carácter marginal del barrio de antaño y no turístico de hogaño.

El Hospicio continuó funcionando por varias décadas, modificando su orientación  para convertirse en la Escuela Amiga de la Obrera; y desde el principio de la década de los años noventa,  hasta la fecha, es la Escuela de Participación Social No. 6, la cual atiende un promedio de 390 niños de ambos sexos en un sistema de medio internado, el cual incluye desayuno y comida, educación primaria y talleres de capacitación en actividades manuales, en un horario de las 7:00 de la mañana a las 5:00 de la tarde.

El edificio y el predio iniciales, han sufrido mutilaciones que lo han reducido considerablemente, siendo la más importante, la efectuada durante el sexenio de Gustavo Díaz Ordaz en 1964, para dar cabida a la construcción del cuartel militar destinado a las Guardias Presidenciales, para lo cual fue demolida la mayor parte del edificio. Pero también, parte del predio y del inmueble originales, actualmente son ocupados por una clínica de la Secretaría de Salubridad y Asistencia y por edificios particulares ubicados en el lindero sur a la vera del Viaducto Miguel Alemán. De la construcción porfiriana, sólo queda un dormitorio destinado a las niñas, escondido tras una serie de construcciones modernas, pero que pervive después de 100 años y deja entrever la belleza arquitectónica y la grandeza del conjunto.



Bibliografía.
Briones Vargas, Juan Carlos, Rebeca Díaz Ziehl, Ma. Eugenia Herrera Cuevas, Héctor Mancilla López, Armando Porraz Ortega, Nostalgia por mi barrio. Imágenes y textos del barrio de Tultenco y sus alrededores, México, PACMyC, Gobierno del D. F., 2012, 103 pp.
Hemerografía
“El nuevo hospicio”, El Imparcial, Sábado de Septiembre de 1905. Tomo XIX:- Núm. 3273, México, Pág. 1, Col. 6 y 7
“La inauguración del hospicio”, El Imparcial,  Lunes 18 de Septiembre  de 1905. Tomo XIX:- Núm. 3275, México, Pág. 1, Col 6 y 7


lunes, 24 de marzo de 2014

Manifiesto. Oscar Oramas.

Manifiesto. Oscar Oramas.
Ogni pittore dipinge se.
Cosme de Médicis.

Todo retrato que se pinta con sentimiento es un retrato del artista, no del modelo.
Oscar Wilde.

Un buen retrato me parece siempre como una biografía dramatizada.
Charles Baudelaire.

Reflectare:  “enviar hacia atrás”, “reflexionar/meditar”. Las “reflexiones” en el pensamiento y en el espejo se designan con la misma palabra. El desdoblamiento en el espejo (o en la imagen artística) crea en quien lo descubre, de un momento a otro, extrañeza e inquietud. Porque ante la incertidumbre, ante la amenaza que implica el desconocimiento de sí y de los otros, el ser humano busca en su rostro, y también en el distinto, algo más que apariencia física. Ahí intenta rastrear algún atisbo de la personalidad, el carácter o la sensibilidad propios o ajenos.

El rostro, expresión intensa del cuerpo y del alma (o para quien mejor quiera de la psique, la mente o la conciencia), ha sido visto como el lugar en donde se revela el ser verdadero; metonimia, pues, de la persona. Y es que ésta en su integridad –exterior e interior- se concentra, se condensa, se abrevia, se sugiere en la cara. Ahí se manifiestan esencia y apariencia y por eso la famosa frase de Cicerón: “La cara es el espejo del alma, y los ojos, sus delatores”.

Siguiendo esta misma tradición Ortega y Gasset afirmó: “Nuestro cuerpo desnuda nuestra alma, la anuncia y la va gritando por el mundo” mientras que Sartre en El ser y  la nada, declaró al cuerpo como “íntegramente psíquico” y totalmente transparente: “Desde el primer encuentro, en efecto, el prójimo se da íntegra e inmediatamente, sin velo ni misterio.” Por eso son tan inquietantes las máscaras, por eso tan perturbadores los cuerpos sin rostro.

En su trabajo más reciente, reunido en su Manifiesto, el cubano Oscar Oramas se nos ofrece en una multitud de rostros, cuerpos y objetos que transitan de lo real a lo onírico. En esta serie se filtra la indagación que hace el autor sobre su propia identidad. En ella se nos revelan sus intereses, gustos y preocupaciones pero también esas pulsiones de vida y muerte que permiten al ser humano existir. En el rostro de “los otros”, en la exploración de su mirada (penetrante, huidiza o carente), en la materialización de sus obsesiones, Oramas se busca a sí mismo; tal es quizá, la indagación propia del artista en su creación. Es por ello que todas las piezas de la serie podrían ser consideradas un autorretrato. Y es que en las imágenes que conforman Manifiesto se da una especie de reflexión: ellas interrogan y sirven como un espejo en el que tanto el autor como el espectador pueden contemplarse, acción que detona el análisis. En el lienzo el pintor escudriña en las tres personas del discurso: en el tú, el él y también en el yo. Un ejercicio de autoexploración y autoconocimiento del yo a través del otro, de lo otro.




Y es que a Oramas el lienzo le sirve de espejo. Cuando éste era un objeto inusual, era considerado mágico y fue dotado de una inmensa sabiduría moral. Vinculado a la máxima socrática “conócete a ti mismo”, no sería visto como un vehículo para conocer los rasgos físicos sino para entablar un diálogo interior. Por ello se le relacionaba con la Sabiduría, la Prudencia y la Filosofía, tal como lo demuestra la iconografía. Generador de la vida moral, de autoconocimiento, debería ayudar al hombre a vencer sus vicios. El espejo mostraría simultáneamente aquello que el hombre es y aquello que debería ser; remitiría a la reflexión, a la especulación. Pronto, sin embargo, la tradición cristiana medieval comenzó a relacionarlo también con una serie de vicios enraizados en la vanidad humana. Aquel que adquiriera la costumbre de mirarse en él corría el peligro de convertirse en orgulloso y ególatra. De ahí su inclusión en las alegorías de la vanidad pero también en las imágenes de personajes como María Magdalena y en las multirepresentadas vanitas. El buen uso del espejo, según esta larga tradición cristiana, consistirá en verlo como un instrumento de conocimiento interior, reflejo de una verdad trascendente, jamás como un artilugio para deleitarse en la apariencia sensible o en las veleidades de la carne. Por eso el Ricardo II de William Shakespeare, en el momento de su deposición forzada, viendo que el espejo no le devolvía la imagen de su sentir optó por tirarlo al suelo para romperlo en mil pedazos. Sólo así éste podría devolverle una imagen convincente y satisfactoria de sí mismo.




Como el retrato de Dorian Grey, las imágenes creadas por Oramas tienen una fuerte potencia especular. En ellas la esencia se torna apariencia que evita la despersonalización, la cosificación y el anonimato diversificado en la hipertrofia de la imagen publicitaria.  Manifiesto parece nacer del enfrentamiento y desencuentro del artista con su propio yo y, acto seguido, de una búsqueda de autoconocimiento en la imagen multiplicada. Por ello resulta tan inquietante. Este ejercicio invita a pensar la subjetividad y la alteridad y a meditar sobre la identidad. Plantea múltiples preguntas, ofrece pocas respuestas y revela esas honduras del alma que convulsionan.




Manifiesto juega con los múltiples: múltiples materiales, soportes, estilos; múltiples ecos a algunos maestros que han hecho del retrato una interrogación introspectiva: Durero, el Greco, Rembrandt, Goya, Fuseli, Carriere, Van Gogh, Modigliani, Kokoshka, Schielle, Baselitz, De Kooning, Bacon, Freud… múltiples tratamientos que inciden en la descomposición, distorsión, explosión, disgregación y erosión de sus rostros y cuerpos sobrepuestos, retorcidos, roídos, animalescos, atormentados, heridos, apesadumbrados.  Aderezando, una serie de sofisticados dibujos de animales, objetos, genitales encarnan sueños y pensamientos del artista e intensifican la tensión de eros y tánatos. Su alto dominio del oficio se expresa en elementos lineales y diluidos que van y vienen dialogando con gruesas superficies de denso impasto. En la serie de trabajos aquí reunidos Oramas manifiesta su pasión y el tormento que le produce la fragilidad de la existencia humana. Sus líneas nerviosas, salvajemente ondulantes, son una prueba más de ello.







Licenciado en diseño por el Instituto Superior de Diseño de la Habana, el cubano Oscar Oramas viaja a nuestro país en 1993 para estudiar la maestría en Artes Visuales en la Escuela Nacional de Artes Plásticas, conocida tradicionalmente como San Carlos. Chilango por residencia, cuenta en su currículum con un gran número de exposiciones individuales y colectivas tanto en México como en Cuba, Estados Unidos y España.